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martes, 13 de marzo de 2012

“¡Oh, Dios!, yo soy dueña de este resplandor''.


Nebulosa NGC 3324 "Gabriela Mistral" 
© SSRO (Star Shadows Remote Observatory, Observatorio Remoto Sombras Estelares)
http://www.starshadows.com/gallery/display.cfm?imgID=347


Frente a la tumba de Gabriela en el pueblito de Montegrande, en el Valle de El Elqui, durante las "II Jornadas Internacionales de Estudios Mistralianos" (Vicuña,  Abril de 2011) el poeta Jaime Quezada, nos contó dos hechos dignos de ser conocidos:  Que el Cerro que está en frente de ese sitio,  fue rebautizado con el nombre de Gabriela Mistral y que la Nebulosa NGC 3324 también lleva su nombre.  Interesada en investigar más sobre el tema,  encontré este artículo y un poema del autor,  que acompaño a continuación: 


GABRIELA MISTRAL Y LAS ESTRELLAS DE SU VALLE DE ELQUI

                                                                                       ¡Oh, Dios!, yo soy dueña 
de este resplandor
                                                                                                                                                   G.M.


La imagen de una nebulosa descubierta en enero de 1995 por astrónomos del observatorio Cerro Tololo, en la IV Región, reveló una curiosa e identificadora similitud con el rostro de Gabriela Mistral. Y vino a testimoniar, además, los muchos fenómenos y maravillamientos del cielo, con sus soles, lunas y estrellas que serán siempre temas y motivaciones en la vida y obra de nuestro primer Premio Nobel de Literatura.

La nebulosa NGC 3324, en la constelación de Carina, cercana a la Cruz del Sur, tiene, desde aquel enero del 95 (como para ir cerrando esplendorosamente el siglo veinte), un nombre extragaláctico de universalidad poética: Gabriela Mistral. El asunto podría tener connotaciones meramente de un sueño grande, lírico y anecdótico (“los astros son rondas de niños", decía la autora), o de un entretenido pasatiempo de ciencia ficción. La cósmica y celeste noticia vino, sin embargo, de los mismísimos astrónomos del observatorio Cerro Tololo, ahí cercano al mismísimo también valle del Elqui, donde los cielos tienen todo el maravillamiento del esplendor y la limpidez.


Gabriela Mistral (Vicuña 1889 - Nueva York 1957) 

Fue Michael Joner, un astrónomo norteamericano, quien captó, a través de un poderoso telescopio, la nueva nebulosa.  Signada como NGC 3324, la nube de gas compuesta principalmente de hidrógeno se encuentra a 9 mil años luz de la Tierra.  La fotografía electrónica de dicha nebulosa reveló, según los científicos, una curiosa similitud con el rostro de Gabriela Mistral.  Esa imagen ya clásica o de perfecto perfil de cordillera de nuestra poetisa, con su rostro estatuario en su adultez plena. 

En uno de sus poemas de Ternura, Gabriela Mistral había escrito:

“Soñarás, hijo, que tu madre
tiene facciones abrasadas,
que es la noche canasto negro
y que es frutal la Vía Láctea".

La premonitoria estrofa tiene ahora toda su vigencia, toda vez que la astronómica noticia ha trascendido los cables de la prensa para registrarse en los rigurosos repertorios de los gabinetes científicos del mundo. Así, a la gran nebulosa de Andrómeda M31, a la nebulosa en espiral M57 (en la constelación de los Perros de Caza), a la nebulosa llamada Norteamérica, viene a agregarse, en este u otro hemisferio, la NGC 3324, con su inmensa masa de estrellas:

“¡Oh, Dios!, yo soy dueña
de este resplandor''.   

(Gabriela Mistral y su poema El corro luminoso, de Ternura (1924) Rondas).

Los pacientes y acuciosos astrónomos de El Tololo, después de todo, han venido a otorgar reconocimiento científico a una Gabriela Mistral que siempre, y desde muy joven, anduvo contando y alabando el maravillamiento de sus cielos coquimbanos y, en especial de su valle de Elqui, y escribiendo mucha notable poesía y prosa acerca de estas atrayentes materias estelares. No hay obra poemática en sus desolaciones y lagares, en sus talas y ternuras que escape de la página-telescopio de nuestra autora. Testimonio siempre de un mirar y remirar el cielo con la plenitud y desvelo de sus sentidos. Ese cielo elquino del día, lleno de su sol, y de la noche que hierve de astros:

“Tanto fervor tiene el cielo,
tanto ama, tanto regala,
que a veces yo quiero más
la noche que las mañanas".   
(Noche andina en Poema de Chile).

En esas noches de su valle elquino amado, con su dormir y su soñar, y a la edad de nueve años, Gabriela Mistral andaba deslumbrándose por los misterios del espacio. Qué ojo bebedor de luces y de formas sacó de aquellas aldeas: “Yo no puedo llevar otros ojos que los que me rasgó la luz del valle del Elqui". En un parque, medio botánico y zoológico, del hacendado y naturalista elquino Adolfo Iribarren, en Montegrande, aprende el nombre de las plantas y las flores, se instruye en la historia de los animales y adquiere elementales conocimientos de astronomía:

“Echa atrás la cara, hijo
y recibe las estrellas.
A la primera mirada,
todas te punzan y hielan,
y después el cielo mece
como cuna que balancean,
y tú te das perdidamente
como cosa que llevan y llevan"   
(poema Carro del cielo).

Gabriela Mistral, que siempre se lamentó de los cielos brumosos o borroneados en otras latitudes y espacios del mundo, encontró su patria real en los cielos netos de su valle, “que tuve en mis niñeces y que no quiero olvidar". Nunca olvidará, tampoco, la fiesta de lectura que encontraría, años después, en la biblioteca del periodista serenense don Bernardo Ossandón. No pasaba todavía quince años, y ya era maestra enseñando en una escuelita de Compañía Baja a muchachones analfabetos que le sobrepasaban en edad. En sus tardes libres se iba a la grande y óptima biblioteca del viejo periodista.

El bondadoso Ossandón le presta libros a manos llenas. Lee con admiración los ensayos filosóficos de Montaigne o las obras educacionales del colombiano Vargas Vila. Pero, por sobre todo, las teorías astronómicas de Camilo Flammarión (1842-1929). Las obras del célebre astrónomo francés, uno de los divulgadores científicos más populares de su tiempo (había estudiado las estrellas dobles, la constitución física de Marte, la Luna y las manchas solares), fueron para la joven Gabriela Mistral una apasionada y deslumbradora lectura, aunque por entonces entendería a tercias o a cuartas.

De las amplias páginas astronómicas de los atlas de Flammarión, a las otras infinitas del cielo:

“Así sería, mi amor,
cuando no éramos nacidos
y llameaba nuestra noche
de Casiopea y Sirio.
Cae en pavesas la memoria:
y comienza un futuro divino"   
(poema Noche de San Juan).

De las lecturas fermentales de aquellos años le vendrá, sin duda, la astral materia para su mucha poesía de estrellas y cielos: desde las Canciones del Zodíaco (de su libro Ternura, 1924), tan de pulsaciones ardientes, a los signos e identidades de las Constelaciones en su geográfico Poema de Chile, 1967.

Y no sólo en su perdurable poesía. También en su reveladora prosa, Gabriela Mistral deja en evidencia sus permanentes afanes por los fenómenos celestes: estrellas, cometas, aerolitos. A pesar de su debilitada vista (hasta el brillo de la tinta en la página manuscrita le irritaba los ojos), siempre se dio maña para mirar atentamente hacia el cielo nocturno, buscando a ojo desnudo las Tres Marías o la Cruz del Sur (en cuya cercanía su imagen está titilando ahora).



Constelación Cruz del Sur


Tampoco el telescopio le fue ajeno. En su Recado sobre las Estrellas escribe: “Nos parecen muchas las estrellas que vemos y no son tantas, porque no pasan de dos mil. Allegarse al telescopio y este número pequeño se vuelve cosa de cien millones y entonces sí el cielo hierve de mundos y del resplandor de esos mundos con el que no puede la pobre vista y tampoco la imaginación, que parece poder todo".

Admiró con devoción a los pueblos antiguos, aztecas y quechuas. Antes de que vinieran ayudas de telescopios los antiguos supieron mucho de las estrellas, de las Pléyades y otras constelaciones.

La misma Gabriela Mistral gustaba seguir el derrotero de los cometas (desde los huertos y patios de la Araucanía, en Traiguén, vio la visita del cometa Halley, en 1910), las salidas y puestas del Sol, los veloces relámpagos de los aerolitos en sus mudanzas por el cielo nocturno coquimbano. Y en las frías noches australes de su Punta Arenas observaría, desde el patio de su liceo, la gran Nube de Magallanes.  En los Motivos de San Francisco, esos admirables temas prosísticos sobre la vida del santo de Asís, escribe, por ejemplo, a la luna nueva. Con contempladora y religiosa mirada dice: “Está sobre el cielo, mirándome la luna nueva, tan leve como un aliento. En la esplendidez del crepúsculo la lunita nueva es una gota de dulzura y yo pongo mis ojos en ella y le sonrío. Mas mis ojos se han posado y se quieren quedar en ti, lunita nueva, tan delgada como un cabello de oro extraviado entre los arreboles".

La atenta tarea de los astrónomos tiene, a su vez, en Gabriela Mistral un admirativo reconocimiento y homenaje. En su ya citado Recado sobre las Estrellas dice: “Aunque el cielo nos parezca igual desde todo tiempo, astrónomos viven para mirarlo, sus noches y también sus días saben de las estrellas que aparecen de pronto, venidas no sabe de dónde, que van aumentando su luz a medida que se acercan, la disminuyen luego, alejándose de nosotros, y no aparecen más". También decía: “A los jóvenes yo les mostraría el cielo del astrónomo antes que el del teólogo”.

Lo que sí gratamente se sabe es que la nebulosa NGC 3324, descubierta por los astrónomos de El Tololo, lleva su Mistral nombre. “Búscame por el cielo y me verás pasear", escribió ella en unos versos por 1945, el año de su Premio Nobel de Literatura. También en su Balada de la Estrella remata con esta estrofa: 

“Soy yo la que encanto,
soy yo la que tengo
mi luz hecha llanto".

Puede decirse, entonces, que nuestra Gabriela Mistral ha trascendido las eternidades y los espacios para hacerse rostro e imagen de materia cósmica, celeste y luminosa, tan cercana a su piedra sepulcral de Montegrande, en la galaxia Tierra, y tan lejana en los años luz o parsecs de su medida astronómica estelar.  Su Promesa a las estrellas es su poema y su voto que se cumple plenamente:

Ojitos de las estrellas
fijo en una y otra os juro
que me habéis de mirar siempre".

Autor:  Jaime Quezada poeta y ensayista de Los Ángeles, VIII Región, Chile



NGC 3324 LA GALAXIA INFINITA


En el ojo beta-Amor-alfa del telescopio mayor del cerro Tololo
La noche-día-mes de los astrónomos más allá de las alturas y tinieblas
Fotografiando electrónicamente una nebulosa
filtro a filtro nueva y remota
Y su número NGC 3324 como marca de ave de presa
en los registros astronómicos del mundo
La galaxia infinita con su gas y su polvo de hidrógeno titilando
entre las estrellas y conjunciones y llenos y cuartos lunares
En la Vía Láctea roja-verde-amarilla a 9.000 años-luz de la Tierra
En la constelación de Carina cercana a la Cruz del Sur
a kilómetros antárticos de la mancha-nube-polar de Magallanes titilando
Como señal ferroviaria en una estación nocturna y terrestre
Como señal de tránsito urbano walk not walk en una aldea-metrópoli cualquiera
Como señal intermitente y luminosa de radar radioactivo perdido en el espacio
Oh Dios yo soy dueña de este resplandor
Y su corro luminoso
Allí en un allí de ocho minutos-luz de nuestro árbol-cielo planetario
Como quien canta una canción también nueva y remota
debajo del árbol manzano te resucité
Tu rostro de perfil de cordillera de los Andes oh Lucila de María
Perfecto e iluminado de cielo semejante al día último y primero de tu Valle.

Jaime Quezada 

(De Llamadura, Editorial Costa Rica, San José, Costa Rica, 2004)





*  JAIME QUEZADA (Los Ángeles 1942): poeta chileno, miembro de la llamada generación literaria de 1960. Estudió Derecho y Literatura en la Universidad de Concepción entre 1960 y 1968. Fue en esa época que se inició como escritor: "A los 21 años —el mismísimo día de mi calidad de ciudadano mayor— escribí mi primer poema"; era "un poema que hablaba del padre, de los bosques, de la vida a flor de naturaleza", recordará más tarde.

Quezada publicó su primer poemario, Poemas de las cosas olvidadas, en 1965 y ese mismo año fundó en su alma máter, Arúspice, una de las dos revistas míticas de poesía de aquella época, junto con Trilce, del poeta Omar Lara; ambas sirvieron de pauta a Alicia Galaz para crear Tebaida.

En Arúspice Nicanor Parra publicó sus primeros Artefactos y colaboraron escritores de la talla de Julio Cortázar, José Lezama Lima o Gonzalo Rojas.

Después de terminar sus estudios en Concepción, Quezada partió becado a Quito en 1969 para estudiar arte quiteño en Universidad Central del Ecuador.

A su regreso, participa en los talleres de escritores de la Universidad Católica, dirigidos por Luis Domínguez (1970).
A pesar de que Quezada es clasificado como miembro de la generación de 1960, "su obra poética —a diferencia de la producción de los demás miembros de esta generación, cuyos principales referentes eran Sartre y los poetas del movimiento beat— se nutre más bien de temas cotidianos y tradicionales, como la familia y la vida en medio de la naturaleza".

Ha sido presidente de la Sociedad de Escritores de Chile (1989-1991), crítico literario de las revistas Ercilla y Paula y de los diarios El Mercurio, Las Últimas Noticias y Austral de Valdivia; director del taller de poesía de la Fundación Pablo Neruda desde sus inicios (1988), junto con Floridor Pérez.

Es presidente de la Fundación Premio Nobel Gabriela Mistral.

Como especialista en literatura, se ha dedicado a difundir la obra de poetas chilenos e hispanoamericanos. Así, ha editado varios libros de Gabriela Mistral: 

Escritos políticos, 1994 
Poesías completas, 2001 
Bendita mi lengua sea, 2002 y 
Prosa reunida, 2002 

Pablo Neruda: Antología fundamental, 1988 
Por las costas del mundo, 1999
Neruda y García Lorca, 2000

Nicanor ParraNicanor Parra tiene la palabra  

Ernesto Cardenal: Poesía reunida (2002)


Obra poética de Jaime Quezada

Poemas de las cosas olvidadas (1965)
Las palabras del fabulador (1968)
Astrolabio (1976)
Huerfanías (1985)
Solentiname (1987) 
Adamita (2003)
Llamadura (2004) 
Botánicas & Astronomías (2010) 

Obra prosística: 

Quién es quién en las letras chilenas (1976)
Por un tiempo de arraigo (1998) 
Bendita mi lengua sea (2002)
El año de la ira (2003)
Bolaño antes de Bolaño (2007)
Siete Presidentes de Chile en la vida de Gabriela Mistral (2009) 



Memoria Chilena: Jaime Quezada


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