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domingo, 8 de enero de 2012

Tu tesoro está donde está tu corazón




No podemos negar en la oscuridad, en momentos difíciles, lo que hemos podido ver con claridad en la luz.

De la introducción a la Oración sacerdotal de Jesús (cf. Jn 17, 1), el Canon usa luego las palabras: “elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso”. El Señor nos enseña a levantar los ojos y sobre todo el corazón.  A levantar la mirada, apartándola de las cosas del mundo, a orientarnos hacia Dios en la oración y así elevar nuestro ánimo. En un himno de la Liturgia de las Horas pedimos al Señor que custodie nuestros ojos, para que no acojan ni dejen que en nosotros entren las “vanitates”, las vanidades, la banalidad, lo que sólo es apariencia.

Señor, ayúdame a ver la claridad de tu luz. Que no sea ciego a tu amor, a tu fidelidad, a tu constante intervención en mi vida. Que ante tantas “lucecitas”, que me ofrecen una felicidad incierta, brille ante todo tu luz en mi vida. Y que, con mis obras, refleje tu luz, para que mis hermanos puedan alabarte y servirte también a ti.

Hay que pedir tener ojos que vean todo lo que es verdadero, luminoso y bueno, para que seamos capaces de percibir la presencia de Dios en el mundo,  que nuestros ojos nunca pierdan la capacidad de asombro, que podamos alegrarnos con lo bello y lo que es más importante,  sin dejar de distinguir aquello que pueda corrompernos, descubrir la belleza allí donde parece no existir.  Que tengamos ojos limpios,  como los de Jesús,   que ve en cada hombre y en cada mujer un hermano. Y por último, tener la fuerza para repudiar el mal venga de dónde venga.

 “No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho los destruyen, donde los ladrones perforan las paredes y se los roban. Más bien acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho los destruyen, ni hay ladrones que perforen las paredes y se los roben; porque donde está tu tesoro, ahí también está tu corazón.

Tus ojos son la luz de tu cuerpo; de manera que, si tus ojos están sanos, todo tu cuerpo tendrá luz. Pero si tus ojos están enfermos, todo tu cuerpo tendrá oscuridad. Y si lo que en ti debería ser luz, no es más que oscuridad, ¡qué negra no será tu propia oscuridad!”.  (Mateo 6, 19-23)




Tu tesoro está donde está tu corazón



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